Ese día

Ese día sólo caía lluvia y se convertía en mis lágrimas” recordaba la abuela.

Decía que el día que te fuiste, fue un día oscuro y sombrío y que las personas que pasaban por su ventana parecía una más triste que la otra, no se escuchaban ruidos en las calles y los perros no ladraban, el señor del correo no apareció y la leche jamás llegó a la puerta. También cabe destacar, que las luces se apagaron antes de las seis y los locales jamás abrieron. Al parecer fuiste muy importante para un pequeño pueblo ubicado en una colina.

El río que pasaba frente a nuestro pueblito se secó ese día, el sol no salió de detrás de las nubes y los animales no salieron de sus escondites”. La abuela cuenta que todo era muy triste, así que ella tampoco decidió salir… Se sentó en su sofá blanco y decidió no hablar hasta que volvieras, hizo la comida, invitó a todos al comedor y comieron en absoluto silencio.

La abuela recuerda que ese día se acostó temprano ya que no quedaba más que la luz de la vela que dejó en la sala para pedir por ti. Y no te creas, estuvo varios días así este pequeño pueblito ubicado en la colina… Hasta que alguien apareció a dar vida.

Era una persona fascinante que se topó con este pueblo hundido en la tristeza, bailaba, cantaba, reía, suspiraba y caminaba de la manera más extraña para hacer reír. Se presentó como Don Francisco De La Costa -sí, así de largo su título-. Entró al pueblo, pidió un café en el local Azul, que estaba ubicado en diagonal a la casa de la abuela y se sentó en mi puesto favorito, -al lado de la ventana, en la esquina- le sonrió hasta al perro, le cantó hasta al bebé más gruñón y bailó con la persona más vieja del sitio. Pero lo más raro de esto, es que nadie intentó levantarse de su puesto y todos siguieron tristes.

”Este hombre no se cansaba, decidió hacer una fiesta para avivar el fuego que habías apagado pero como todas las otras veces, nadie asistió, pues había que apagar las luces antes de lo esperado y había que acostarse antes de que el Sol desapareciera. Cuando Don Francisco creyó que no había más alternativa que dejar al pueblo, se le ocurrió una brillante idea y desapareció unos días”.

”Las personas del pueblo siguieron en lo suyo, nadie comentó nada, no rieron, no bailaron, no hablaron, ya parecían zombies de esas nuevas series que ves, nietecita querida”.

”El hombre apareció a la semana, acompañado de la fascinante persona que mucho antes que él había dejado el pueblo”.

Las personas no podían creerlo, había vuelto esa energía positiva al pueblo y comenzaron los bailes, las reuniones, las risas y la música -comenta la abuela-. Le agradecieron a Don Francisco por esto tan maravilloso que había traído y decidieron hacerlo llamar ”Héroe De La Comunidad”… Y todo esto no duró unos días… Duró años. Pero cabe destacar que mi abuela para hacer más interesante la historia dice que sólo duró días porque viene la típica pregunta después de que termina de contar: ”¿¡Cómo hicieron que regresara después de tan pocos días?!”.

Decidí preguntarle a la abuela que quién era la persona que había traído de nuevo al pueblo ese tal Don Francisco De La Costa -ya que no había dicho su nombre en todo este cuento que más adelante será modificado con otras personas y otras palabras- se rió, miró al cielo y exclamó: ”La Esperanza”.

 

 

 

 

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