Mamá tenía, tiene y tendrá la razón.

    He crecido con la creencia de que todas las madres poseen razón por las cosas que dicen, claro, desde ‘’no te juntes con ese niño que me da mala espina’’ hasta ‘’viste que sí estaba el pantalón en la gaveta’’ y por una extraña razón, luego de haber crecido con esta creencia, decidí retarla. Debía buscar algo que me indicara que mi madre no tenía la razón y debía demostrarle al mundo entero que ellas también se equivocan.

Me acuerdo que en el mes de abril de ese año decidí comenzar con mi plan, cada vez que ella me decía algo para tomar previsiones, yo evaluaba y examinaba cada palabra de esa oración…Y para mi sorpresa, todo sucedía como ella lo decía. Hasta que un día de Mayo, íbamos caminando por las calles de Caracas y me encontré casi en la caída de una alcantarilla que era revisada por unos obreros cuando mi mamá me advirtió: ‘’Cuidado, que el cocodrilo está ahí esperándote si te la das de inventor’’ y se me encendió el bombillo… ¡Era perfecto! Debía evaluar el terreno, las variables de su oración, cada punto de esa alcantarilla e indicarle que lo que decía no era correcto, porque claro, ¿cómo iba estar un cocodrilo en pleno siglo XXI debajo de nuestros pies correteando las ratas y los desperdicios como si fuese perro por su casa? Imposible. Hasta para mamá.

Así que ese mes de mayo comenzó mi búsqueda, coloqué la alarma a diez para las 5 porque sabía que mi madre se levantaba a las 7 y me daba tiempo investigar esa monstruosa alcantarilla con cuidado. Respiré profundo y como ya había dicho antes, partí con una linterna que ya ni utilizaba, unas botas que de seguro no eran resistentes a la putrefacción de las aguas servidas y un pañito en la boca por si acaso me daba ganas de vomitar.

Como vivíamos cerca de esto y no me costó aparecerme de nuevo por donde estaba el ‘’cocodrilo’’, quité la boca de la alcantarilla (que estaba mal colocada) iluminé la cloaca y veía como los ratones y cucarachas caminaban por sus extremos, mientras mis ganas de vomitar eran mayores. Decidí saltar, así como en las películas, me acomodé de un lado de la pared y caminé por la orilla iluminando todo con la linterna. Aún puedo jurar que había de todo: zapatos, ropa, animales, hasta creí ver un muerto, pero ningún cocodrilo y pensé ‘’Mamá se ha equivocado’’ y claro que para mí era lo más grandioso del Universo, era lo mejor que me podía pasar: desafié a mi mamá (sin que ella se haya enterado) y descubrí que se equivocó, así que lo probé, probé el dulce sabor de la victoria (que tenía un olor fétido) y gané.

Cerré la boca de la alcantarilla evitando el camino transitado y escabulléndome como un gusano de un pez, gritando ‘’¡Victoria!’’.

Ese día me sentí grandioso, salí corriendo a casa evitando a las personas que me miraban con cara de desagrado, abrí la puerta, metí la ropa a la lavadora, me desnudé, entré a la ducha cantando ‘’We Are The Champions’’ de Queen mientras desentonaba e imitaba a Freddie Mercury y sonó la alarma de mamá, mientras escuchaba su bostezo matutino. Apenas salí del baño, me dirigí con una mirada retadora, la miré directamente a los ojos y con un silencio siendo mi aliado dije: ‘’Te lo dije, no existe el cocodrilo debajo de las calles de Caracas’’ y bailé a su alrededor para sólo escuchar un ‘’¿Qué te pasa, muchacho loco?’’ mientras entraba al baño con cara de soñolienta y seguía en su rutina diaria.

Luego de contárselo, se lo recordaba en cada cumpleaños, fiesta de quince años, boda, funeral, bautizo, comunión, navidad, fin de año y cada vez que le contaba lo mismo, mamá reía a carcajadas porque no creía que tal evento hubiese pasado. Luego de esto pasaron años y este recuerdo quedó como la historia de ‘’Mi hijo está loco y me hace creer que él visitó una alcantarilla a las 5 am simplemente para llevarme la contraria e indicar que alguna vez me he equivocado’’ y finalmente murió la historia.

Hasta el día de hoy, años más tarde.

Por casualidad de esta vida efímera, conseguí un trabajo en el edificio que se encontraba justo al frente de esta prestigiosa y extraordinaria alcantarilla que alguna vez me dio la razón y cada vez que pasaba, le contaba a mis hijos el día que decidí romper los esquemas y burlar una creencia santa perdiendo el legado de ‘’Acuérdense que mamá siempre tiene la razón’’.

Un día de mayo, luego de haber cumplido tantos años en dicha empresa, subí al piso donde trabajaba y me encerré en mi oficina mientras el único sonido que se escuchaba era el teclado y el clic del mouse y al volverse monótono y rutinario el trabajo, decidí mirar por la ventana y ver como las personas caminaban cada uno a sus labores diarias.

De repente, luego de ignorar tantas horas el trabajo previsto, un sonido hizo vibrar las ventanas del edificio, retumbaba con fuerza, hasta que despegó la boca de la alcantarilla al cielo y volvió a caer. Todos intrigados, mantenían distancia prudencial y miraban con temor la maravillosa alcantarilla, cuando salió un manto grisáceo de la nada y todos corrían despavoridos como gallinas en un granero ocultándose en los edificios cercanos.

Para mi sorpresa, me toqué los ojos, me puse los lentes y volví a mirar. Y vaya, era un cocodrilo.

Luego mantuve silencio durante unos minutos y caí nuevamente en el legado que nunca terminará: ‘’Mamá siempre tiene la razón’’.

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